Alfredo Stroessner y la ideología de la desigualdad democrática

13.03.2010 19:01

 

POLÍTICA

Alfredo Stroessner y la ideología de la desigualdad democrática

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Stroessnner, rodeado de su ejercito de serviles

Veinte años después de defenestrada la   y a nueves meses de iniciado el proceso de desmantelamiento del estado stronista, la constatación de desigualdades persistentes en la estructura social paraguaya y su inerme convivencia con un régimen democrático suscita inquietudes que pueden formularse en una pregunta: ¿cómo se hace posible por parte de las mayorías la tolerancia a un status quo que ha beneficiado continua y sistemáticamente durante dos décadas solo a una minoría privilegiada?

 

Creeréis «frasecitas de afecto», las que se escribieron llorando.
Sois incapaces ya de distinguir la verdad de la mentira,
los que aman vuestro país de los que le sacan el jugo

Rafael Barret

No es ninguna novedad que hoy, a veinte años de la apertura de la democratización  en Paraguay, la distribución de la tierra, medio productivo de mayor peso en la estructura económica y notablemente en los ingresos nacionales vía exportaciones, sea de una desigualdad que roza el absurdo. Tampoco es buena nueva del olimpo científico el hecho que la desigualdad de distribución del ingreso en este país se acrecienta al mismo tiempo que crece la violencia social, sea ésta delictiva como la que relata la crónica amarilla, sea de acciones contenciosas por acceso a recursos (cada vez más criminalizada), sea por la represión que acaece sistemáticamente en diversos dominios del espacio social (estancias, cárceles, hospitales, psiquiátricos, etc.) y que alimenta el imaginario colectivo del «todos contra todos» o «sálvese quién pueda».

Ahora bien, la mención casi ritual de estos hechos se hace necesaria para comprender las bases sociales del malestar generalizado con la democracia, poniendo el acento no en lo obvio sino en lo que no es evidente tras la obviedad: 34 años antes de aquella noche de la Candelaria de 1989, más 20 años ulteriores, suman más de medio siglo en que las mismas condiciones sociales que sirvieron y alimentaron la , se mantienen intactas y son el caldo de cultivo para cualquier rebrote oportunista del autoritarismo.

Esto no solo quiere decir que hace más de medio siglo en Paraguay se escuchan los mismos relatos sobre la pobreza por parte de amplios sectores excluidos de la población y, que sintetizan la recepción subjetiva de una configuración objetiva de la estructura social paraguaya. También significa que hace 54 años es la misma estructura que justifica el uso inmisericorde de la violencia contra esa población, le socava la participación en la vida pública de su país y la somete a una desvalorización simbólica sistemática.

Para ser más precisos: la desigualdad económica y las distancias extremas de las posiciones en el espacio social paraguayo, imprimió y sigue imprimiendo un sello notorio en su geografía y su economía . Hizo posible en el pasado a un Alfredo , lo sostuvo y engendró su oligarquía cavernícola. Hoy es la misma organización social que se vale de la intimidación física y la violencia simbólica para «perdurar en su ser» como dijera Spinoza, y a la que le es indiferente si sus instituciones políticas se rigen por el sufragio universal o la separación montesquieana de poderes.

El problema de la desigualdad social, como enseñaron los clásicos de la teoría  griega, pasando por Rousseau, Locke, Weber o T.H. Marshall[1], es incompatible con el proyecto de una comunidad  de gobernarse por un régimen en que la participación real y efectiva de sus miembros se basa en condiciones económicas apropiadas. Y es que todas las evidencias empíricas muestran que la democracia no es ciega con respecto a las distancias sociales ni la magnitud de esas distancias entre los miembros de una sociedad.

No nos engañemos: la principal traba a la democratización paraguaya es la extrema desigualdad. Porque esa desigualdad genera pobreza, desalienta la estructura de incentivos económicos e incita la arbitrariedad del poder político (basta ver el Poder judicial y legislativo actuales). Porque la desigualdad desmesurada envilece con brutalidad a una sociedad. Esa desigualdad no se justifica bajo ningún argumento racional posible y los pocos que le sacan provecho se esmeran en perpetuarla: esos mismos que ayer se beneficiaban de la  hoy se sirven de la «democracia» mientras ésta no toque un ápice sus groseros privilegios[2].

Democracia conservadora

El estado es, como dijera Elías, un «efecto de civilización». Es una estructura de relaciones que, análoga a la «reproducción ampliada del capital» que describía Marx, su reproducción está asegurada a condición de asegurarse sus condiciones de reproducción. Dicho de otro modo, el maremágnum de relaciones sociales en que se involucran los miles de Ana, Juan, Pedro o María cuando trabajan, van al mercado, pagan impuestos o envían a sus hijos a la escuela, es dialécticamente la totalidad de relaciones que rinden admisible la continuidad de una administración racionalizada del poder público. Es una estructura, porque no necesita sino en última instancia, del uso de la fuerza para que se reproduzca: cuenta con la «autocoacción» que cada quién ejerce sobre sí en función de vivir e interactuar públicamente con otros.

Así pues, el estado es la institucionalización de una comunidad , lo que tiene su efecto en el modo en que esta comunidad rige sus vínculos en tanto «comunidad de derecho». Finalmente, el estado es garante de que el conjunto de relaciones regulares y reguladas (instituciones), resultado de ser miembros de derecho de esa comunidad, sea ejercido bajo las mismas condiciones para todos. Este conjunto de relaciones, cuando resguarda al cómo organizarse para gobernar, deviene un régimen político y un caso particular de él, la democracia. Mutatis mutandis, en un régimen democrático, constitucionalmente, todos los ciudadanos son iguales en derecho ante el estado.

La condición de esta igualdad, queda claro, no puede ser solamente una ley escrita, letra muerta. La principal condición es que las distancias sociales no impidan a los miembros de una comunidad ser tratados como iguales. Ahora bien, como sabemos que «algunos son más iguales que otros» al decir de George Orwell, y en la práctica los desiguales son tratados desigualmente, uno de los principales cometidos del estado es disminuir la desigualdad social, de modo que ésta tenga el menor peso posible en el desenvolvimiento del régimen democrático[3].

Este esquema, que puede pecar de grosero y simplista, nos ayuda solamente a un propósito y es saber que si el estado paraguayo no incide en la transformación sustantiva de la estructura social legada por  (v.gr. de extremas desigualdades sociales) y no radicaliza la democratización , entonces el estado permanecerá stronista. Que si la democracia sigue fundándose en relaciones sociales asimétricas y no hace posible ni contribuye a la transformación del estado, entonces es una democracia conservadora.

Por ello, la así dicha «transición democrática» paraguaya presenta una peculiaridad desde su inicio mismo: sus procesos de reformas han consistido en adecuar prácticas autoritarias a disposiciones clientelares de una población pobre y excluida. Y así, la democratización resultó un mito más que una realidad. El cumplimiento de reglas de juego en abstracto fue priorizado por encima de la participación ciudadana, e impuso un calendario que se ha cumplido en sus formas, pero que distó mucho de denominarse un proceso real y efectivo.

A pesar de cambios institucionales, ésta democracia sigue sin operar al nivel del imaginario social como un proceso que redunda en beneficios concretos, en condición de posibilidad de transformar la «sociedad de castas», donde la extrema distancia entre los que más y menos tienen no les da tan siquiera el sentido de pertenencia a una misma comunidad , tan siquiera de sentirse «compatriotas»[4].

Y la prueba del carácter conservador de esta democracia se traduce en el actual proceso que atraviesa el gobierno de Fernando Lugo. Las principales trabas para éste de formular reformas estructurales (romper con la estructura de extrema desigualdad) son la obstaculización  de sus proyectos por parte de una oligarquía que está empotrada en el Parlamento y en el Poder judicial, así como la dificultad institucional de administrar la contraposición de intereses que constituye su coalición  y la oposición. Varios acontecimientos de reciente data confirman esto último y, de hecho, vemos cuánto le cuesta al presidente echar a andar una pragmática eficaz, que le asegure concretar pactos basados en puntos concretos que atiendan los intereses de los grupos de su coalición y asimismo favorezcan los de los sectores más carentes de la población paraguaya. Tanto más difícil se hace cuanto más recibe el asedio sistemático de la prensa paraguaya, hostil y manipuladora.

La voz del autoritarismo

El slogan stronista de “Paz y progreso”, que aún cunde y tiene su efecto en la vida cotidiana 20 años después de caído su mentor, se hace paradójicamente una ideología plausible gracias a los medios de información paraguayos, autoproclamados «paladines de la democracia». Y es que más allá de la existencia de sectores stronistas recalcitrantes en el sistema político paraguayo, son esos medios los mejores propagandistas de la conservación social, de la reproducción de la desigualdad en la sociedad paraguaya, base de sustentación de múltiples larvas de autoritarismo criollo.

Son los mismos que fundamentan su ejercicio del discurso legítimo y del monopolio de la interpretación de la realidad social en la censura a la expresión pública de los grupos más desfavorecidos de la sociedad paraguaya. Su corolario es justificar por los mecanismos más abyectos e impúdicos que la desigualdad que los favorece es compatible con la democracia que desfavorece al resto.

El hecho que importantes fracciones de la población den crédito a este mecanismo es la evidencia empírica de que la continuidad de una lógica autoritaria configurada por  sigue campante y vigente. La otrora «voz del coloradismo» de Cáceres Almada hoy se transpuso en la «voz del autoritarismo» de Zucolillo Moscarda, aún cuando éste y otras «joyas» del círculo de propietarios de medios de información lo nieguen, lo transfiguren y lo hagan con tanta más vehemencia cuando cuentan con todos los medios para hacerlo. Son éstos los voceros actuales de la oligarquía antidemocrática. Y como es obvio: hoy como ayer, la voz del resto de los mortales sigue siendo la de la «prédica subversiva que busca la división de la familia paraguaya»[5] Pero no olvidemos, estamos en «su» democracia, la que hace 54 años hasta hoy sólo cambió de «voceros».

Lo que podemos denominar la «cultura de la tolerancia a la desigualdad» tiene un asidero simbólico concreto: la ideología de desigualdad democrática. Así, para las clases populares paraguayas, el régimen democrático durante la transición fue ambiguo. Antes que resolver penurias, la democracia solo consistió en redefinir nuevos árbitros para continuar con las mismas reglas de juego. Contra la ambigüedad de un régimen que se proclama de las mayorías pero que privilegia a una minúscula minoría, las prácticas políticas de las clases populares también se muestra ambigua: se acomodan tout court a la lógica oligárquica y simultáneamente reivindican mejores condiciones de vida.

En suma, el logro de  no es haber sometido políticamente durante 35 años a centenas de miles de paraguayos a pesar de haber generado los mecanismos de condena al fracaso económico de un país. Tampoco fue la conformación de una oligarquía parasitaria que hace posible y rentable para sí misma la continuidad de ese fracaso. Su mayor logro es la instauración del rechazo al radicalismo democrático6 que en afinidad electiva con la ideología de la desigualdad democrática, es patrocinada incansablemente por los medios de información y cala en las mentalidades de los paraguayos como una creencia más poderosa de que Karol Wojtyla es un santo. Es un legado de  creer que podemos vivir «democráticamente» aún cuando las desigualdades son extremas, aún cuando la miseria es la moneda corriente de la vida diaria de grandes contingentes de la población paraguaya.

NOTAS

[1] Omitimos ex profeso a Marx y sus séquitos para que esta simple reflexión no sea tildada de «sesgada».

[2] Basta recordar que Aldo Zucolillo no se hizo un anti-stronista rabioso sino hasta cuando la , ya bien avanzada en años, se volvió contra sus intereses económicos y financieros.

[3] Este razonamiento, elemental y simple, se halla en la ontología  de John Rawls y en todo el fundamento filosófico-político del Welfare State en las sociedades industrializadas de post-guerra

[4] La ficción de la «comunidad» del Estado-nación moderno y la pretendida «identidad» de su comunidad demográfica cumplieron con el transcurso del tiempo la función hegemónica de reconducir el efecto de las luchas sociales en torno al principio de igualdad, disminuyendo hasta el límite permitido por el modo de producción capitalista, las distancias entre las diferentes clases sociales.

[5] Parte final de la célebre consigna de la emisión de radio en tiempos de  denominada «La voz del coloradismo» de Alejandro Cáceres Almada.

 

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